Las Señoritas de Aviñón

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Por Martha Miniño

En este fin de semana se estrenó la pieza teatral Las señoritas de Aviñón del médico catalán Jaime Salom, en la Sala Ravelo del Teatro Nacional, en una producción de la Compañía de Teatro Flor de Bethania Abreu.

La pieza lleva el nombre de una de las obras más conocidas del pintor, también catalán, Pablo Picasso, la cual pintó en 1907 y no fue hasta 1916 cuando se exhibió, la vendió por mucho dinero y actualmente se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Esta pieza se considera que marca el inicio de su período denominado protocubismo, donde retrata a cinco mujeres desnudas, rompiendo con el realismo predominante de la época, reduciendo la obra a planos y ángulos sin fondo.

La pieza retrata un burdel de la calle Avinyó, de su natal Barcelona, al cual el pintor cuando joven acudía con regularidad y que en la obra, se estima que cinco de sus protagonistas son los rostros y cuerpos que adornan el futuro lienzo.

Este montaje, aunque resultó un poco frío de inicio, mantiene interesado al espectador, gracias a una dinámica dirección, las escenas se suceden en un respiro, una tras la otra sin perder la motivación.

La primera escena abre con un primer plano de cuatro mujeres que se encuentran, todas lucen frías, a excepción de Karla Hatton, quien hace el papel de Antonia, muy buen trabajo si exceptuamos que es la única que habla con acento madrileño, cosa que no vimos en el resto del elenco, lo cual la hacía resaltar del resto del grupo.

Sin embargo, se impone la veteranía con el trabajo de Lillyanna Díaz, quien encarna a la Madame Hortensia, un rol que posee muchos cambios, transiciones al vuelo y facetas que varían de una escena a otra, manteniendo siempre su personaje.

Yorlla Castillo se acomoda en su rol más adelante y lo logra con bastante soltura, entretanto, Johanna González, Pepita, la más joven del grupo de prostitutas muestra vitalidad y gracia.

Patricia Banks luce un tanto insegura de sus parlamentos, con dudas y titubeos, empero, al final de la pieza toma fuerzas y en la escena final conmueve su rolde hija perdida ante una madre abandonada.

Muy agradable la sorpresa de la actuación de Patricia Muñoz, la más amateur, quien en su corto papel muestra intensidad dramática y fuerza interpretativa.

Empero, Wilson Ureña, en el rol de Pablo, luce sobreactuado, con poca fuerza interpretativa, tampoco luce lo varonil que requiere este personaje.

La escenografía, aunque convencional, permitió el libre desenvolvimiento de los actores en escena, fue un trabajo de José Miura, quien también diseñó el vestuario. Cabe destacar pequeños detalles como los botines de la época, siempre negros, nunca cremas o azules, y de tacones bajos.

La iluminación es responsabilidad de Bienvenido Miranda, buenos contrastes y destaca a los protagonistas en escena.

La banda sonora es de Ernesto Báez, quien inicia la obra con “Smile” de Charlie Chaplin del 1936, pero que no refleja la tragedia que acontecerá, más adelante emplea a Chopin en uno de sus nocturnos, entre otros temas y finaliza con el concierto para piano, que retrata el dolor del encuentro y la dulce y amarga verdad.

Aplaudimos esta puesta en escena, de vuelta el teatro coherente, serio, que no escatima en detalles para llegar a lo superior, que respeta el lenguaje, que busca enseñar y a la par que distraer al público, y sobre todo, que eleva el teatro dominicano.

Esta pieza se mantendrá en cartel hasta el 18 de octubre de los corrientes.

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